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Muchos tienen la idea que la contaminación por
nitrofuranos fue una maniobra de los importadores para poder bajar los precios
de la miel, otros dicen que son medidas parancelarias y otros llegan mas lejos
diciendo que también los exportadores nacionales confabularon para que esto
suceda.
Creo que están muy equivocados y esa equivocación puede llevarlos a tropezar con la misma piedra.
Hagamos un poco de historia, en relación a los plaguicidas y sus residuos en los
alimentos, la legislación actual debe mucho a la llamada Cláusula Delaney y a
toda la discusión y polémica que generó posteriormente.
Cuando
ya estaba muy claro que ciertos productos químicos podían inducir o producir
tumores malignos, el más temido de los efectos a largo plazo de un agente tóxico,
el congresista J. Delaney introdujo, en 1958, la cláusula que lleva su nombre a
la ley federal de los alimentos americana, entonces vigente. Brevemente, señalaba
que no podía añadirse intencionadamente ningún tipo de sustancia carcinógena
en los alimentos. En la época en que esto ocurrió, requerir riesgo cero de cáncer
para el consumidor parecía asumible. Pero con el paso de los años, las técnicas
y métodos de detección, tanto de sustancias químicas como de sus efectos
carcinógenos, mejoraron infinitamente.
Tras
mucho debate y no poca polémica (se llegaron a emitir informes alarmantes en
los que se señalaba que cerca de un millón de americanos morirían de cáncer
en las siguientes décadas debido a la presencia de residuos de ciertos
plaguicidas en los alimentos), a finales de los años 80 se llegó a una situación
de compromiso: el riesgo cero no resulta práctico, y lo que debe asumirse es el
riesgo negligible o insignificante.
En pocas
palabras, con los niveles máximos de residuos legalmente establecidos, la gran
e inmensa mayoría de la población se halla protegida (morirá por otras
causas, pero no por esta), aunque no es descartable que alguien lo haga. En términos
cuantitativos y prácticos, se considera como "insignificante" un caso
de cáncer adicional por cada millón de personas expuestas.
Aclarado
este punto (al que todos los países desarrollados se apuntaron con mayor o
menor rapidez), se procedió a la reevaluación de todos los plaguicidas.
El avance espectacular de las técnicas de análisis químicos permite, en la actualidad, detectar en los alimentos y en las bebidas concentraciones realmente minúsculas de plaguicidas o de sus productos de degradación. Descubrir estos residuos no siempre entraña riesgo toxicológico, simplemente indica que han sido empleados en algún momento de su producción, o que son contaminantes ubicuos de aguas, tierras o aire, y, en consecuencia, de plantas y animales
Los expertos fijan unos máximos permitidos para estos residuos en los alimentos que garantizan, dentro de unos límites razonables, su inocuidad para el consumidor.
Si resulta posible hallar residuos de plaguicidas en los alimentos es porque los mismos se utilizan o se utilizaron en otros tiempos y, también, porque disponemos de técnicas muy sensibles que permiten descubrirlos.
Un plaguicida, o pesticida, es un producto químico empleado para combatir los agentes que constituyen las plagas, que pueden afectar a la salud humana y atacar recursos como la agricultura o la ganadería. Son productos tóxicos básicamente diseñados para matar, y ello justifica que muchas personas no vean con buenos ojos ingerir este tipo de restos con la comida.
Sin embargo, el riesgo es mínimo, aunque no nulo. Generalmente, un plaguicida pensado para acabar con un hongo suele ser bastante selectivo y, a dosis bajas, difícilmente producirá algún tipo de efecto evidenciable en un ser humano. El principal problema es que, a través de nuestra dieta, no nos exponemos sólo a ese agente sino a cincuenta o cien más empleados para combatir malas hierbas, insectos o ácaros. Todos a pequeñas dosis, eso sí, pero que pueden producir efectos de adición o de sinergia entre ellos que hagan que ya no sea tan claro que no vayan a producir algún tipo de efecto adverso para la salud. En fin, que una pizca de una especia picante puede no echar a perder una ensalada, pero una pizca de cincuenta de ellas diferentes puede tornarla fácilmente incomestible.
Además,
no todos los humanos reaccionamos igual frente a los tóxicos. Hay o se pueden
producir diferencias por edad o sexo, entre otros. Pero también entre
individuos aparentemente iguales. Peor que eso, la valoración del riesgo que
supone exponernos a pequeñas pero repetidas dosis de productos químicos muy
activos debe incluir no sólo los efectos más o menos inmediatos, sino también
los de más a largo plazo. Y, entre ellos, especialmente, los de carcinogénesis.
Entre los
plaguicidas, se
engloban numerosos productos. Tenemos, por ejemplo, los fungicidas (para
combatir hongos), herbicidas (malas hierbas), nematocidas (gusanos),
molusquicidas (caracoles y babosas), acaricidas (ácaros), insecticidas
(insectos) y rodenticidas (roedores), como los más conocidos.
Pero
también se consideran plaguicidas otras sustancias como los reguladores del
crecimiento de las plantas, los inhibidores de la germinación, los atrayentes y
repelentes de plagas y los productos empleados como ectoparasiticidas en
animales. A pesar de que fertilizantes, antibióticos y virucidas no se
consideran generalmente como tales, lo cierto es que, con lo que ya hay, la
diversidad de productos existentes es enorme.
En el caso de los plaguicidas, se entiende por residuo no sólo el propio producto sino también sus metabolitos y sus productos de degradación o de reacción. Ello complica mucho el panorama para el toxicólogo y también para el legislador, pero tiene que ser así puesto que un plaguicida puede sufrir transformaciones en el medio ambiente (esto es, una vez empleado), que deben tenerse en cuenta. No es infrecuente, por ejemplo, que se diseñen plaguicidas en los que el producto activo original deba alcanzar el organismo diana al que va dirigido y ser metabolizado por éste para que aparezca el verdadero tóxico.
El Libro
Blanco sobre la Seguridad Alimentaría, aprobado por la Comisión Europea el 12
de enero de 2000, establecía como uno de sus objetivos prioritarios la
necesidad de que la protección de la salud de los consumidores de alimentos
alcanzase el nivel más elevado posible. En este sentido, la Comisión propuso
un programa de más de ochenta medidas legislativas, que debían aprobarse en un
plazo de tres años, en el que se concretaban los principios de la seguridad
alimentaría, la responsabilidad de los diferentes operadores económicos y la
de los fabricantes de piensos destinados a la alimentación animal, la
rastreabilidad de los productos, el análisis de los riesgos y la aplicación
del principio de cautela.
No nos
olvidemos de las contaminaciones que sufrieron los Europeos, mercurio, las
colas, botulismo, vacas locas, gripe aviar, cloranfenicol, nitrofuranos,
colorante sudan 1 y varias otras.
La Unión
Europea se encontraba a las puertas de un nuevo enfoque de la política
comunitaria, radicalmente distinto al anterior, que pretendía garantizar un
alto grado de seguridad alimentaría, así como la recuperación de la confianza
de los consumidores en los productos alimenticios. Y es que la libre circulación
de alimentos seguros y saludables se consideraba un aspecto esencial del mercado
interior, por su contribución al bienestar y a la salud de los ciudadanos, así
como a la defensa de sus intereses económicos y sociales.
En este
sentido, y por lo que respecta a estos dos últimos años, estamos asistiendo a
la implantación paulatina de un nuevo marco jurídico, con un claro enfoque
global integrado, que es de aplicación “desde la granja a la mesa”, y que
afecta, por igual, a todos los que intervienen en la cadena alimentaría, con un
claro objetivo: proporcionar exclusivamente alimentos seguros.
Las
medidas legislativas adoptadas están destinadas a reducir, eliminar o evitar
riesgos para la salud de los ciudadanos; no sólo con respecto a los productos
de la alimentación humana, sino también la de todos aquellos que son
destinados a la alimentación animal. Incluso se han adoptado medidas
directamente relacionadas con el medio ambiente, por los efectos que su falta de
preservación pueden tener para la salud humana.
Los
conceptos, los principios y los procedimientos de la legislación alimentaría
se van “aproximando” en todo el ámbito de la Unión Europea, a fin de
obtener el mismo nivel de protección para todos los consumidores comunitarios.
El concepto de seguridad alimentaría ha sido definido y delimitado por una
reciente normativa comunitaria.
A partir
de ahora, los parámetros que van a determinar la seguridad de un alimento van a
estar relacionados con su inocuidad y con su aptitud para el consumo humano, según
los criterios establecidos por la norma en cuestión, prohibiéndose su
comercialización si no se cumplen. La seguridad de un alimento no dependerá de
su conformidad a las disposiciones específicas que le sean de aplicación, pues
aún, en este caso, puede ser retirado del mercado si las autoridades
competentes consideran que no es seguro.
El
concepto de seguridad alimentaría se instituye, por tanto, como un concepto
evolutivo que, a partir de ahora, va a precisar de análisis que van más allá
de los estrictamente técnico-científicos. La información y el contenido
adecuado de ésta sobre los efectos perjudiciales de un determinado alimento o
categoría de alimentos destinada a los consumidores se constituyen en elementos
esenciales de la prevención de riesgos alimentarios.
Veamos
algunos ejemplos:
Alerta alimentaría
Las primeras
evaluaciones de la crisis del tóxico Sudan 1
La lista de alimentos retirados del mercado
tras la alerta sanitaria provocada por el colorante Sudán 1 continúa en
aumento
17 de marzo de 2005
Después de que la agencia de seguridad alimentaría británica (FSA)
alertara, el pasado 28 de febrero, de la presencia de Sudan 1 en alimentos,
sustancia prohibida en la UE para uso alimentario, continúa abierta la
controversia respecto a la actitud de los responsables más directos de la
crisis. Mientras las autoridades han seguido engrosando la lista de sustancias
prohibidas (ahora son ya 580 los productos retirados, según la FSA), se
han incrementado también las críticas sobre la efectividad del control de los
alimentos.
Hace poco más de quince días
las autoridades sanitarias británicas alertaban de la detección en alimentos
de la sustancia Sudan 1, un tinte rojo utilizado como colorante en aceites,
ceras, petróleo y abrillantadores de suelos y calzado. La International Agency
for Research on Cancer (IARC) clasifica esta sustancia en el Grupo 3 de su
lista, que corresponde a los «agentes no clasificables por lo que hace
referencia a su carcinogeneidad para los seres humanos».
Según los expertos, los efectos
carcinógenos de esta sustancia, que se ha encontrado en la salsa aromatizante
Crosse and Blackwell Worcester Sauce, han quedado demostrados en ratones. Así,
roedores que han recibido 30mg/kg de Sudán I durante dos años han
desarrollado, al cabo de unos meses, tumores malignos. Las investigaciones
hechas hasta ahora no han permitido, sin embargo, conocer los efectos reales del
Sudan 1 sobre el organismo humano.
Mientras el sector industrial
evalúa los gastos de esta crisis (las pérdidas podrían llegar a los 143
millones de euros), las asociaciones de consumidores británicas ya la han
calificado como una de las mayores de los últimos años. Respecto a quién debe
carear las responsabilidades de esta crisis, la Comisión Europea admite que «ciertos
operadores industriales no han afrontado sus responsabilidades y limpiado sus stocks
de materias primas», reconoce el comisario de Salud y Protección al
Consumidor, Markos Kyprianou, que argumenta que algunos industriales «han
preferido dar salida fraudulenta a partidas de un producto peligroso adquirido
antes de su declaración como tal, haciendo caso omiso de la legislación en
vigor y del peligro potencial para los consumidores».
GRECIA-ALIMENTACIÓN
04-04-2005
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Retiran miel
con sustancias tóxicas que podrían ser cancerígenas
Las
autoridades sanitarias griegas comenzaron hoy a retirar del mercado la miel
griega con niveles de una sustancia tóxica que en grandes cantidades puede
causar cáncer.
Los análisis realizados el fin de semana revelaron que el
57,9 por ciento de la miel contiene niveles superiores a los permitidos por la
Unión Europea (UE), de 10 gramos por kilo, de la sustancia
'paradichlorobenzolio'.
El 49 por ciento de las muestras tenían niveles inferiores a
los determinados por la UE.
Pero el Organismo de Control de la Calidad de Comestibles
(EFET) puntualizó que el problema no afecta a toda la producción de miel
griega, y que hasta el momento se han retirado 24 marcas de un total de 36.
La sustancia dañina a la salud en altos niveles se utiliza
para la preservación de las colmenas y los productores de miel griegos han
declarado hoy que ocho de 10 productores ya no la utilizan desde el año pasado.
EFET, expertos de la Universidad de Salónica y el
viceministro de Desarrollo griego, Yorgos Papazanasiu, indicaron que la miel es
peligrosa sólo si un consumidor come 40 kilogramos al día.
La semana pasada, el ex presidente de EFET, Nikos Kacharos,
dimitió tras ser acusado por el gobierno de no acatar las normas cuando una de
las principales empresas lácteas, FAGE, se vio obligada a retirar más de
350.000 yogures del mercado con un hongo que aceleraba su caducidad.
Y todo esto nos lleva a los pocos
pedidos del exterior y a los bajos precios de la miel de hoy en día.
Porque?
Porque hoy nadie quiere tener
stock y están sacándose de encima la que tienen.
Recordemos que grandes
envasadores se ufanaban años anteriores que podían estar sin comprar, por que
tenían stock para uno o dos años.
Hasta la próxima