Capitulo:
I Presentación
III Cuantas especies hay de ellas y cuál es la mejor de todas
IV De la situación en que se han de colocar das abejas y cuál es la mejor comida para ellas
VIII De la adquisición de los enjambres, y del modo de escoger los silvestres
IX Cómo se conservan los enjambres de nuestras colmenas, y cómo se recogen otras
XIII De las enfermedades de las abejas y sus remedios, precauciones para que no las contraigan
XIV Metodo para gobernar las abejas todo el año y lo que debe evitar el colmenero
XV Del modo de sacarse la miel y como deben castrarse las colmenas
I
Hace unos días llegó a mis manos, a través del bibliotecario de la Sociedad Argentina de Apicultores, (Sr. Alejandro Rivas) la obra, en dos volúmenes, titulada “Los Doce Libros de la Agricultura” cuya edición es del año 1959. En el prólogo de la mencionada obra se destaca la Edición realizada en Venecia en el año 1472, la que se reimprimió mas de cuarenta veces, siendo traducida a los idiomas francés, alemán e Inglés
Su autor es Lucio Junio Teodorato COLUMELA, y dedica uno de esos libros, que consta de 16 capítulos, a las abejas .
Lo
interesante de este libro, es que su escritor vivió en Roma entre los Años 1 y
64 de nuestra era y vuelca en ellos su experiencia acerca de los cuidados de las
colmenas, enfermedades, enjambres y toda observación y datos que recogió,
entonces, acerca de las abejas. Reitero, esos conceptos se encuentran vertidos
hace 2000 años.
Mi
intención es compartirlo con los integrantes de la lista, por su originalidad,
amenidad e interesante lectura, donde incluso se manifiestan algunas cuestiones
que revisten actualidad.
Aca
se encuentran los capítulos de este tratado que considero tan
interesante, en su forma y estilo textual
Roberto
Imberti
De las abejas
Paso
a tratar del cuidado que se ha de tener con las colmenas, del cual no se pueden
dar preceptos con más exactitud que los que ha dado ya Higinio, con estilo más
florido que Virgilio, ni con más elegancia que Celiso. Higinio recogió las
opiniones de los autores antiguos que
estaban esparcidas en monumentos sagrados; Virgilio las adornó con las flores
de la poesía, Celso se arregló
can los dos referidos. Por lo cual, no nos atreveríamos a tocar la materia de
este tratado, a no ser porque el complemento de la enseñanza que hemos tomado a
nuestro cargo exige como una de las partes, el hablar de ella, a fin de que el
todo de la obra que hemos empezado no pareciese mutilada e imperfecta, como si
se le hubiese cortado algún miembro. aquellas cosas que se han contado
fabulosamente sobre el origen de las abejas, y que Higinio no ha omitido, más
bien las condonaré, haciéndome cargo de la licencia poética, que les daré crédito.
En realidad, no corresponde a un hombre del campo investigar si hubo una mujer
muy hermosa llamada Melisa a la cual Júpiter convirtió en abeja, o si, como
dice el poeta Euhemero, las abejas engendradas por los tábanos y el sol, y
criadas por las ninfas Frixonades, han sido después amas de Júpiter en la
caverna de Dicta, y han tenido por concesión de este dios la misma comida con
que lo criaron cuando éste era niño. Sin embargo, aunque estas cosas no
desdigan de un poeta, Virgilio las tocó sumaria y ligeramente, tan sólo en un
verso, diciendo de esta manera: “Mantuvieron al rey del cielo en seno de
Dicte”
No
es obligación de los labradores saber cuándo y en qué país han nacido
primero: si en Tesalia bajo Aristeo, o en la isla Cea, como escribe Euhemero; en
el monte Himeto, en tiempo de Erictonio, como dice Eutronio; o en Grecia, en el
de Saturno, como quiere Nicandro. No les corresponde más saber si los enjambres
se multiplican por la unión de los dos sexos, como los demás, animales o si
cogen los herederos de su especie en las flores, lo cual afirma Marón, y si
depositan el licor de la miel por la boca, o lo echan por otra parte. Todo esto
es más propio de los que están dedicados a descubrir los secretos de la
Naturaleza, que de las gentes del campo hacer indagaciones sobre estas cosas y
sobre otras semejantes a ellas, Este trabajo es más grato a los estudiosos que
tienen tiempo de leer, que a los labradores que están con ocupaciones, pues en
nada alivian su trabajo ni aumentan sus ganancias.
Por
consiguiente, volvamos a aquellos preceptos que son más convenientes a los que
tratan en colmenas. Aristóteles, fundador de la secta peripatética, en los
libros que escribió sobre los animales, hace ver que hay muchas especies de
abejas o de enjambres; y de éstos, unos tienen abejas. grandes y abultadas,
como también negras y peludas; otros las tienen más pequeñas, pero igualmente
redondas, de color oscuro y con el pelo erizado; otros, más pequeñas que éstas,
y no tan redondas, pero con todo eso gruesos, anchas y de color de miel; algunas
muy pequeñas, delgadas, con el vientre puntiagudo, manchas de color de oro y
lisas. Virgilio, siguiendo su autoridad, aprueba sobre todas las pequeñitas, óblongas,
lisas, brillantes, que resplandezcan como el oro, manchadas con pintas iguales y
de un carácter pacífico; pues cuanto más grande y más redonda es la abeja,
tanto peor es.
La cólera de las abejas de la especie mejor se aplaca fácilmente con la asistencia continua de los que cuidan las colmenas; pues andando más con ellas se amansan más pronto, y si se han cuidado con esmero duran diez años. Ningún enjambre puede pasar de esta edad, aunque todos los años se pongan abejas nuevas en lugar de las que han muerto; porque a los diez años, por lo común, se consume enteramente la población de una colmena. Para que esto no suceda, en todo colmenar se ha de estar propagando siempre la raza de estos insectos, y ha de tenerse cuidado en la primavera, cuando salgan los enjambres nuevos, de recogerlos y de aumentar el número de las colmenas, pues muchas veces son atacadas por enfermedades, las cuales se dirá en su lugar cómo conviene curarlas.
Así
que se han escogido las abejas con arreglo a las cualidades que hemos dicho, se
les deben destinar sitios donde se provean de comida, y éstos deben ser muy
solitarios, y, como previene nuestro Marón, libres de ganados y en un clima
templado y no expuesto a tormentas, donde no tengan entrada los vientos, porque
ellos les impiden que lleven sus provisiones a la colmena; ni que las ovejas ni
los petulantes machos de cabrio destruyan las flores, ni
que la ternera que vaguea por la llanura sacuda el rocío que cubre las
hierbas ni las pisotee cuando van naciendo. Este paraje ha de ser fecundo en
plantas pequeñas, sobre todo en tomillo, en orégano, igualmente en mejorana
silvestre, o en cunilla de nuestro país, que la gente del campo llama ajedrea.
Además de estas plantas habrá también otros arbustos más descollados, como
el romero, las dos especies de cítiso, pues lo hay nativo y silvestre, el
laurel de la clase que siempre es verde y la carrasca, llamada en latín ilex
minor, pues el acebo, que es ilex major, se reprueba por todos. Las
hiedras también se aprueban, no por su bondad, sino porque dan muchísima miel.
Los
árboles más convenientes son el azufaifo rojo y el blanco, y no menos el
taray; también los almendros, los pérsicos, los perales. En una palabra, la
mayor parte de los árboles frutales, para no detenerme en nombrarlos uno por
uno. Entre los árboles silvestres sirven grandemente los que producen bellotas,
como también la cornicabra, el lentisco, que no es de semejante, y el cedro
oloroso. De todos los árboles, sólo los tilos
perjudican a estos insectos; los tejos también se desechan.
Además
de éstos hay una infinidad de semillas que en el césped inculto, o en las
tierras labradas producen hierbas, que echan flores muy agradables a las abejas,
como son en la tierra de riego las matas de amelo los tallos de acanto, los de
gamón y la espata del narciso. En las tablas del jardín brillan las blancas
azucenas y los alelíes, que no les ceden en hermosura, como también los
rosales de Cartago, las violetas amarillas y las moradas, y no menos el jacinto
de color azul celeste; también se ponen bulbos de azafrán de Coricos o de Sícilia,
para que den color y olor a las mieles. Por último, tanto en las tierras
cultivadas como en las de pastos, nacen innumerables hierbas de clase inferior
que ayudan a llenar de miel los panales: como la lapsana silvestre común; el rábano
rusticano, que no es menos estimado que aquélla, algunas hortalizas como el
miagro y la achicoria silvestres, las flores de la adormidera negra, la
zanahoria silvestre y la cultivada, que los griegos llaman saphuquinon.
Pero de todas las hierbas que he propuesto, y de las que he omitido, para ahorrar tiempo, pues su número es incalculable, el tomillo es el que da miel de mejor gusto; después de éste siguen la mejorana silvestre, el serpol y el orégano. El romero y la cunilla de nuestro país, que he dicho llamarse ajedrea, aunque la dan muy buena, están en tercer lugar; las flores de taray, las de azufaifo y las demás especies que hemos propuesto, la dan de un gusto mediano. Pero la miel de peor calidad, en cuanto a bosques, es la que se saca del esparto y del madroño, y la de la casería, la que dan las hortalizas y las hierbas que se crían en el estiércol. Una vez que he expuesto la situación de la comida de las abejas, y las especies que hay de ella, ahora voy a hablar de las mismas acogidas y domicilio de los enjambres.
El
domicilio de las abejas ha de colocarse enfrente del medio día de invierno,
lejos del tumulto y de la compañía de los hombres y de los animales, en un
sitio que no sea caliente ni frío, pues ambas cosas les son dañosas. Este
sitio ha de estar en la parte más baja del valle, para que cuando las abejas
salgan a buscar la comida, vuelen con más facilidad a los sitios más altos, y
después de haber recogido lo que necesiten, bajen sin trabajo con su carga,
siguiendo la pendiente. Si la situación de la casería lo diere de sí, no
hay duda que convienes poner el colmenar unido al edificio y cerrarlo con tapias
pero en parte que esté libre de los olores pestilentes de la letrina, la estiercolera
y el baño. Sin embargo, si la posición de la casería ocasionare muy grandes
inconvenientes, aun en . este caso conviene que el colmenar esté a la vista,
del amo. Si todo fuere contrario, se pondrán las colmenas en un valle vecino
al cual el dueño pueda ir muchas veces, pues esta granjería exige una
fidelidad muy grande, y como ésta es una virtud rarísima, se guarda mejor y
con más seguridad con las visitas del amo. Ya que la administración del colmenar
no sólo le es contrario un hombre fraudulento, sino que también el que es
perezoso y desaseado, y no menos le perjudica ser tratada con falta de
limpieza que manejada con fraude. Pero dondequiera que estén las colmenas, no
ha de ser muy elevado el muro que las cerca; pero si se quisiere hacer más alto
por miedo a los ladrones, se procurará que tenga entradas para las abejas por
unas ventanillas que se abrirán a tres pies por encima del suelo; junto a este
cercado se hará una choza en la cual habitarán los colmeneros y se guardarán
los utensilios convenientes; sobre todo estará provista de colmenas preparadas
para recoger 1os enjambres nuevos, como también de hierbas medicinales y todas
las demás cosas que se aplican a las enfermas. Hará sombra al vestíbulo una
palma o un acebuche grande, para que cuando las reinas nuevas conduzcan los
primeros enjambres en la primavera, y las jóvenes que salen de los panales se
pongan a jugar, las orillas de un arroyo vecino las conviden a guarecerse del
calor y el árbol que encuentren a la salida las mantenga en su frondosa
acogida. Si hay medios dc hacerlo, se les introducirá agua que corra de
continuo si no es posible se les echará en una pileta a mano, pues sin ella
no se pueden formar los panales, la miel ni, finalmente las, abejas nuevas. Además
de esto, ya sea que se les haya introducido agua corriente, ya que se les haya
echado en pi1etas la del pozo, se pondrán en ella muchas varas y piedras para
que las abejas puedan reposar sobre
esta. especie de puentes y extender sus alas al sol del estío, si por
casualidad un fuerte aire solano las ha dispersado cuando estaban paradas, o
las ha sumergido en el agua.
Asimismo,
alrededor del colmenar deben plantarse arbustos pequeños, y sobre todo los que
son convenientes para conservar la salubridad de las abejas, pues el cítiso, la
casia, el laurel silvestre y el romero, como igualmente la ajedrea y el tomillo,
y asimismo las violetas, o cualesquiera otras plantas que la
cualidad de la tierra permita que se pongan en ella con utilidad, sirven
de remedio a las abejas que están enfermas. No sólo se alejarán las plantas
de olor fuerte y fastidioso, sino también cualquier cosa. que lo tenga como el
del cangrejo quemado, o el del cieno de las lagunas; igualmente han de evitarse
los sonidos que producen las cavidades de las rocas y que los griegos llaman
exos.
Ordenados
los domicilios de las abejas, han de construirse las colmenas según la
condición del país. Si éste es abundante en alcornoque, sin duda las haremos
con la mayor utilidad de corcho, porque no estarán muy frías en el invierno ni
muy calientes en el verano; si es muy fecundo en cañahejas, se emplearán éstas
con igual utilidad, puesto que su naturaleza es semejante al corcho; si no
hubiere una cosa ni otra, se harán con mimbres entretejidas; y si éstas no
se encuentran se fabrican con troncos de árboles excavados, o .serrados y
hechos tablas. Las peores de todas son las de barro cocido, ya que se
encienden con los calores del estío y se hielan con los fríos del invierno.
Las demás especies que hay de colmenas son dos, unas que se hacen con boñiga y
otras se construyen con ladrillos; la primera la condenó Celso con razón,
porque está muy expuesta, a quemarse; y aunque aprobó la otra, no disimuló su
principal inconveniente, que consiste en no poderse mudar si el caso lo exige. A
Pesar de esto, pueden tenerse colmenas de la último especie. Sin embargo, en
honor a la verdad, el hecho de que sean inamovibles es contrario a los intereses
del dueño, si quiere venderlas o proveer de ellas otras heredades -razones de
conveniencia relativas solamente al padre de familia,- sino que también lo es
a lo que se debe hacer por causa de las mismas abejas, cuando convenga
trasladarlas o. otros parajes por estar afligidas de enfermedad o por la
esterilidad o escasez de los lugares en que se hallan, y no puedan moverse por
el referido motivo. Esto se ha de evitar absolutamente. Así, aunque yo veneraba
la autoridad de este doctísimo varón, no obstante, dejando los respetos
aparte, no he dejado de decir mi sentir. Pues lo que mueve principalmente a
Celso, que es el temor de que las colmenas estén expuestas al fuego y a los
ladrones, se puede evitar revistiéndolas con ladrillos, lo cual las preservará
de la rapacidad de los ladrones y las protegerá contra la violencia de las
llamas, y cuando se hayan de mover se podrá hacer rompiendo el revestimiento de
ladrillos.
Sean
como sean las colmenas que se quisieren emplear, deberá hacerse a todo lo largo
del colmenar un poyo de piedra de tres pies de alto y otro tanto de grueso, y
después que se haya construido de esta suerte, se enlucirá de manera que. no
Puedan subir lo lagartos, las culebras, ni otros animales novicios. Después se
pondrán encima de él las colmenas, ya sean hechas de ladrillos, como quiere
Celso, o ya de otro material, rodeadas, según mi opinión de fábrica por todas
partes menos por detrás, lo cual practican casi todos los que las cuidan con
atención. Recójanse las colmenas puestas en fila con ladrillos o cantos, de
modo que cada una quede encerrada entre dos paredes inmediatas una a otra, de
manera que los frentes estén libres por delante y por detrás, Pues por delante
se han de abrir algunas veces, y muchas más por la parte posterior, pues por
ella se cuidan de cuando en cuando los enjambres. Si no hubiere ninguna pared
entre las colmenas, han de colocarse de manera. que estén a alguna distancia
unas de otras, no sea que cuando se les da vuelta, la que se toca para cuidarla
mueva la otra que está pegada a ella y aplaste a las abejas vecinas, que
temen todo movimiento que se comunica a sus delicadas obras de cera. Es
suficiente que haya tres filas de colmenas colocadas las unas encima de las
otras, pues aun en este caso el colmenero registra con poca comodidad las de
la fila superior.
Las
piqueras que dan entrada a las abejas han de estar más inclinadas que la parte
posterior, para que no entre el agua de la lluvia, y si hubiere entrado por
casualidad, que no pare, sino que salga por la piquera. Por lo cual. convendrá
que los colmenares se resguarden por encima con cobertizos, o con bardales
unidos con barro a la cartaginesa, cubierta que las pone al abrigo, tanto del
frío y de la lluvia, como del calor. Sin embargo, éste, aunque . sea muy
fuerte, no perjudica tanto a las abejas como el invierno; así convendrá que
detrás del colmenar haya siempre un edificio que reciba la violencia del aquilón
y dé a las colmenas un calor moderado. Pero no basta que estén defendidas por
un edificio, sino que deben estar expuestas al oriente del invierno, para que
les dé el sol cuando salgan por la mañana y así estén mas ágiles, pues el
frío las hace perezosas. Por lo cual, también las piqueras por donde entran y
salen deben ser muy estrechas, para que penetre la menor cantidad de frío
posible en la colmena. Es suficiente que tenga la anchura precisa para que
pueda pasar una abeja. De esta suerte ni la venenosa salamanquesa, ni la casta
inmunda del escarabajo, o de la mariposa o de las polillas, ni las cochinillas que huyen. de la luz,
como dice Marón, podrán entrar a devastar las panales como lo harían por
piqueras más anchas.
Así
mismo, según lo poblado de la colmena, es utilísimo abrir en la misma tapadera
del agujero grande que ésta tendrá,. dos o tres piqueras a alguna distancia
unas de otras, para precaver las abejas de la malicia del lagarto,. que como sí
fuera guarda de la piquera, está acechando con la boca abierta a que salgan
para matarlas, y tantas. menos mueren si pueden evitar las asechanzas de este
enemigo escapando por otra piquera.
Hemos
hablado ya suficientemente de la comida de las abejas, de las colmenas y de la
colocación que se les debe dar; así que se habrá proveído de estas cosas,
debemos procurarnos los enjambres. Estos los adquiriremos comprándolos o
gratuitamente. En el primer caso, comprobaremos con más atención su bondad por
las señales que hemos dado, y antes de comprarlos examinaremos si son numerosos
abriendo las colmenas al intento; y si nos es posible verlas por dentro
observaremos todo lo que se pueda examinar; por ejemplo, veremos si hay muchas
paradas en la piquera, o si se oye dentro de la colmena un zumbido considerable.
Si da la casualidad de que todas estén tranquilas y en silencio dentro de la
colmena, aplicando los labios a la piquera y soplando por ella, por el ruido con
que corresponderán inmediatamente podremos hacer juicio de si hay muchas o
pocas. Pero, sobre todo, ha de tenerse cuidado de adquirirlos más bien de la
vecindad que de países lejanos, porque suelen molestarlas la novedad del clima.
Mas si no es posible adquirirlos cerca., y tuviéramos que hacer un largo viaje
para traerlas, procuraremos que no se molesten por los caminos malos, y será
acertado llevar las colmenas a cuestas, a de noche, porque de día se les ha
de dar descanso y se les han de echar licores agradables a las abejas, para
que se mantengan con ellos dentro de su encierro. Una vez hallan llegado a la
casa, si fuere ya de día, no se. abrirá la colmena ni se colocará en su lugar
hasta el anochecer, para que las abejas salgan ,gustosas por la mañana después
de haber descansado toda la noche. Durante tres días deberemos observar si salen
todas de una vez; si lo hacen es señal de que tratan de huirse. Después
prescribiremos los remedios con que se debe evitar esto.
Los
enjambres que se adquieren por regalo, o cazándolos, han de examinarse con
menos escrúpulo; aunque de esta manera no quisiera yo tenerlos si no son
excelentes, porque los mismos gastos y los mismos cuidados exigen las buenas que
las malas. Lo más importante de todo es que no se mezclen las degeneradas con
las superiores, pues hay menos cosecha de miel cuando hay algunos enjambres
perezosos en el colmenar. Sin embargo, como según la naturaleza del país
algunas veces ha da adquirirse ganando aunque sea mediano, pues el malo de ningún
modo debe adquirirse, procuraremos buscar los enjambres del modo siguiente. En
nada ponen más conato las abejas, dondequiera que hay bosques que les acomodan
y de donde puedan sacar miel, que en escoger para su uso manantiales
inmediatos al lugar en que están. Así conviene ponerles sitio comúnmente
desde la hora segunda del día, y observar qué porción de ellas van por agua.
Si son muy pocas las que vuelan alrededor del agua se ha de conocer su escasez,
a menos que la multitud de manantiales las haga parecer más claras, por estar
repartidas en ellos. por lo cual sospecharemos también que aquel paraje no
tiene miel; pero si vienen muchas, hay esperanzas de poder coger enjambres,
los cuales se encuentran de esta manera.
Primeramente,
ha de averiguarse lo distante que están, y a este fin ha de prepararse un
vasito con almagra diluida en agua. Se mojarán unas pajas con ellas se untarán
las espaldas de las abejas que están tomando agua. Manteniéndose en el mismo
sitio, podrás reconocer con más facilidad las que vuelvan, y si no tardan en
hacer esto conocerás que están en la inmediación; pero si pasa algún tiempo
en que vuelvan a verse, se inferirá la distancia del sitio donde están del
tiempo que tardan en dar la vuelta. Cuando adviertas que vuelven pronto, si
sigues su vuelo serás guiado a la habitación del enjambre. Pero con aquellas
que parece que van más lejos se emp1eará um cuidado más esmerado, el cual es
de esta suerte. Se corta un canuto de caña con sus nudos, se barrena por un
lado, por el agujero se le echa un poco de miel o de arrope y se pone junto al
manantial; después, así que han entrado en él muchas abejas, atraídas por
el olor de este licor dulce, se recoge, y poniendo el dedo pulgar en el agujero
no se deja salir más que una, la cual, así que ha escapado, hace ver al
observador la dirección de su fuga, y éste, mientras puede, sigue su vuelo.
Después, así que ha dejado de ver la abeja, echa otra fuera, y si va por el
mismo lado que la primera, sigue el mismo camino; pero si va en otra dirección,
deja salir muchas y poniendo atención al lado hacia el cual irán volando más,
las seguirá hasta llegar al sitio donde está metido el enjambre; el cual, si
está en una cueva, se le hace salir por medio del humo, y así que ha salido se
le detiene haciendo ruido con instrumentos de metal. Amedrentado con el ruido,
se deja caer inmediatamente sobre un arbusto, sobre la cima del árbol más
elevado que hay en el bosque, entonces se introduce en una colmena que tendrá
preparada al efecto el que lo va buscando. Pero si tiene su domicilio en el
hueco de un árbol, ya sea en una rama, ya en el tronco del mismo árbol,
entonces, si la medianía de uno u otro lo permite, se corta primero la parte
superior, que no ocuparan las abejas, con una sierra muy afilada para que esto
se haga más pronto; después la inferior hasta donde parezca que está ocupada
por ellas. Luego que se haya cortado el tronco o la rama por ambas partes, se
cubre con un paño limpio, porque esto es de la mayor importancia también; y
después de haberle embarrado los agujeros, si tiene algunos, se llevará al
sitio donde ha de colocarse, dejándole piqueras pequeñas, como ya he dicho, se
pone con las demás colmenas.
Conviene
que el que se dedica a buscar enjambres destine a ello las mañanas, a fin de
tener todo un día para examinar el camino que toman las abejas; pues si es
tarde cuando empieza a señalarlas, muchas veces sucede que, acabada su tarea,
se recogen y no vuelven más al agua, aun cuando estén en la inmediación. Por
consiguiente, el que busca los enjambres se queda sin saber cuánto distan del
manantial.
Hay
algunas personas que a principios de primavera hacen un manojo de toronjil
cidrado, y como dice el poeta de toronjil común, y de la ordinaria sandaraca,
con otras hierbas semejantes que son agradables a esta especie de insectos, y
con ellas frotan las colmenas, de suerte que queden impregnadas de su olor y de
su jugo; después de haberlas limpiado, las rocían con un poco de miel y las
colocan en los bosques, no lejos de los manantiales, y cuando están llenas de
abejas las llevan a su casa. Pero esto sólo conviene hacerlo en los parajes en
que hay abundancia de abejas, pues muchas veces hay sitios en que los que pasan
por casualidad encuentran las colmenas vacías y se las llevan consigo, en cuyo
caso la, ventaja de conseguir una o dos de llenas no recompensa la pérdida de
muchas vacías. Pero en donde hay más abundancia de abejas, aunque roben
muchas colmenas, es más lo que se adquiere con las abejas que se han
encontrado. Éste es el modo de coger los enjambres silvestres.
El
modo de retener los enjambres que se forman en nuestras colmenas es el que
sigue. El colmenero debe visitarlas siempre con cuidado, pues no hay tiempo
alguno en que no necesiten su atención; pero la exigen más esmerada cuando
viene la primavera y hormiguean sus crías nuevas las cuales huyen si él
colmenero no está presto a recogerlas al instante. Porque la naturaleza de las
abejas es tal, que cada enjambre se engendra al mismo tiempo que sus reinas las
cuales, asi que han adquirido fuerzas para volar, desdeñan la compañía de los
más antiguos y mucho más su mundo, porque el reinar no quiere compañía, no
sólo entre la especie de mortales dotada de razón, sino también entre los
animales que carecen de ella. Por esto los jefes nuevos salen al frente de su
juventud, que parada en pelotón uno o dos días en la misma piquera de la
colmena, manifiesta con su salida el deseo que tiene de un domicilio peculiar, y
si el colmenero le designa uno inmediatamente, está tan contenta con el que se
le da como con el paterno; pero si aquél ha caído por descuido en falta, se
dirige a parajes extraños, como si se le hubiere echado del suyo. Para que
esto no suceda, el buen colmenero debe observar en los tiempos de primavera las
colmenas hasta la hora octava del día, poco más o menos, ya que por lo común
después de esta hora no se van los nuevos batallones. También debe atender con
el mayor cuidado cuando salen y cuando vuelven a entrar, pues algunos, al
instante que salen, suelen marcharse para siempre. Podrá conocer de antemano
si preparan una fuga, cerca de tres días antes de intentar esta fuga se levanta
un alboroto y ruido sordo, como el que arman los saldados cuando mueven las
insignias militares; e1 cual, como dice Virgilio con muchísimo fundamento, da a conocer de antemano la
intención de la multitud, porque aquel ronco ruido bélico reprende a las
perezosas, y .se oye una voz que imita los sonidos interrumpidas de las
trompetas. Por lo cual debe observar sobre todo a las que hacen esto, si salen a
combatir -porque pelean entre sí, como en una guerra civil, o con las de otra
colmena, como cuando se lucha con naciones extranjeras-, o si salen para huir, a
fin de estar prevenido para uno y otro caso. La pelea de un enjambre en el cual
las abejas están mal avenidas entre si, o de dos enjambres que están
discordes, se corta con facilidad; pues, como dice el mismo poeta
se apacigua echando sobre ellos un poco de polvo o rociándolos con vino
mezclado con miel, o con vino de pasas, u otro cualquier licor semejante; la
dulzura de los cuales que les es familiar, seguramente mitiga sus iras, por más
encarnizadas que sean. Esto mismo reconcilia a las reinas que están opuestas
entre sí.
Muy
a menudo sucede que en un mismo enjambre hay muchas reinas, y la multitud se
divide en partidos, como ocurre en las sediciones excitadas por los grandes, lo
cual ha de evitarse que suceda, porque las naciones enteras se consumen con la
guerra intestina. Por esto, cuando los jefes están amigos, se mantiene la paz y
no hay derramamiento de sangre. Por consiguiente, si vieres que las abejas
pelean muchas veces, procurarás matar a los jefes que mueven las sediciones;
mas los combates que están trabados se mediarán por los medios que hemos dicho
antes. Cuando una vez fuera la, tropa se hubiere puesto en una rama de un
arbusto verde que esté cerca, observa si todo el enjambre está colgando de
ella a manera de un racimo de uvas; esto será señal de que hay una reina sola,
o por lo menos de que, si hay muchas, están reconciliadas entre sí; entonces
las dejarás de esta manera hasta que vuelvan a su domicilio. Pero si
estuviere dividido en dos o en tres, como en forma de pechos, no te quepa duda
de que no sólo hay muchos jefes, sino que están todavía irritados entre sí,
y deberás buscarlos en aquellas partes en donde vieres que hay más abejas
amontonadas. Por consiguiente, después de haberte frotado la mano con el zumo
de dichas hierbas, esto es, de toronjil común o cidrado, para que las abejas no
huyan cuando las toques, introducirás suavemente las dedos y registrarás las
abejas después de desunirlas, hasta que encuentres el autor de la discordia, al
cual debes matar.
Las reinas son un poco más gruesas y más largas que las demás abejas, con las patas más derechas, pero con las alas menos grandes, de un color hermoso y limpio, lisas y sin pelo ni aguijón, a menos que alguien tal vez tenga por tal una especie de cabello más grueso que tienen en el vientre, del cual, sin embargo, no se sirven para hacer daño. También se encuentran algunas obscuras y erizadas de pelo, y por esta apariencia juzgarás mal de sus propiedades. Porque hay dos figuras entre las reinas, como entre las abejas comunes; las unas brillan con manchas de color de oro, y se distinguen por sus escamas rojas, como también son notables por su pico. Estas son las que más se aprueban, y son les mejores; pues las más malas, parecidas a un gargajo, son tan feas como cuando un viajero acaba de pasar por un camino lleno de polvo y escupe tierra de su boca seca, y -como dice Virgilio, del cual se ha copiado lo que precede- son despreciables por su desidia y por el vientre abultado que arrastran por el suelo. Por consiguiente, darás muerte a los jefes de peor especie, y dejarás reinar solos en su corte los de la mejor. Los cuales, sin embargo, se han de despojar de sus alas siempre que se empeñen en hacer a menudo salidas impetuosas con su enjambre para huir. Quitando las alas a este jefe vagabundo, lo retendremos como con cierta especie de grillete, y desprovisto del recurso de la fuga no se atreve a salir de los limites de su reino, y por lo tanto no permite al pueblo de su mando alejarse mucho.
Alguna
vez también conviene matarlo cuando una colmena vieja disminuye el número de
sus abejas y se ha de restablecer su despoblación con algún enjambre. Así,
luego que al principio de la primavera se hubiera avivado la cría nueva en
aquella colmena, se despachurra al rey nuevo a fin de que la multitud viva con
sus padres sin discordia. Si los panales no hubieren producido prole alguna,
se podrán incorporar las abejas de dos o tres colmenas en una; mas se han de
haber rociado antes con algún licor dulce. Por último, se podrán encerrar y
tenerlas así casi tres días, poniéndo1es comida hasta que se acostumbran a
estar unidas con las otras, y dejándoles unas aberturas
pequeñas. Hay algunas personas que prefieren quitar de en medio a la
reina más vieja, lo cual es contrario al bienestar de la colmena; pues si
esto se verifica, la tropa más antigua, que se debe considerar como un senado,
es preciso que obedezca a las más jóvenes, y si hay algunas que se empeñen en
despreciar el mando de éstas, que son más fuertes, las castigan y les dan
muerte. Sin embargo, cuando la reina que hemos dejado de las abejas antiguas
muere de vejez, el enjambre nuevo suele tener la incomodidad de que la
familia, con la demasiada licencia, está discorde, lo cual nace de la muerte
del jefe. Esta incomodidad se evita fácilmente; pues se elige una reina de
aquellas colmenas que tienen mucas y trasladándola las que no tienen quien las
gobierne, se constituye jefe de ella.
En
aquellas colmenas que son perseguidas por algún animal dañino, la escasez de
abejas se puede enmendar con menos molestias. Luego que se ha conocido la mortandad,
conviene visitar los panales de una que esté poblada, y de los que contienen
los huevecillos de las abejas cortar la parte en que se anima la prole real.
Esta es fácil de reconocerse, porque aparece comúnmente en la extremidad de
los panales como un pezón, más levantad y con abertura más ancha que las
otras celdillas donde se anidan los gusanos de las abejas comunes. Celso
asegura que en la extremidad de los panales hay tubos transversales que
contienen las larvas que han de ser reinas. Higinio también, siguiendo la
autoridad de los griegos, dice que el jefe no proviene de un gusanillo, como las
demás abejas, sino que alrededor de los panales se encuentran alvéolos o
celdillas poco mayores que los que contienen la semilla de éstas, cubiertos y
llenos de una especie de basura de color rojo, de la cual se forma en un
instante la reina alada.
Hay también otro cuidado que tener con el enjambre que se ha formado en nuestro colmenar, si por casualidad ha hecho una salida en el tiempo que hemos dicho, y fastidiado de la vivienda paterna, procura huir más lejas. Esto lo dan a entender las abejas cuando se alejan de la entrada de tal suerte que ninguna vuelve adentro, antes bien, se van volando, elevándose muchísimo. En este caso ha de atemorizarse a la juventud que va huyendo con sonajas de metal o haciendo ruido con tiestos de los que se encuentran comúnmente en todas partes esparcidos por el suelo; y luego que ésta, asustadas por el ruido, habrá vuelto al domicilio materno y esté colgando amontonadas en la piquera o en algún árbol próximo, el colmenero restregará inmediatamente con las hierbas referidas por dentro unas colmena nueva que tendrá preparada al intento; en enseguida . la rociará con unas gotas de miel y la arrimará, y después encerrará en ella las abejas que están amontonadas, bien sea con la mano o bien con un cazo. Cuando habrá tomado las demás medidas convenientes para el cuidado de la colmena, como es de su obligación, y la haya compuesto y embetunado con exactitud, dejará que se mantenga en el mismo sitio hasta que anochezca, y al principio de la noche la trasladará y la pondrá en hilera con las demás. Conviene también tener. en los colmenares colmenas desocupadas, pues hay algunos enjambres que en . cuanto han salido buscan un domicilio en la inmediación de su colmena y ocupan la primera que encuentran vacía. Esto es poco más o menos lo que hay que enseñar en orden al cuidado de adquirir y conservar las abejas.
De las enfermedades de 1as abejas y de sus remedios, y precauciones para que no las contraigan
Ahora
se siguen los remedios para las que padecen enfermedades comunes o
pestilenciales. El estrago de estas ultimas es raro en las abejas; pero en caso
de que las hubiere, no encuentro que se pueda hacer otra cosa que lo que hemos
prescrito para el ganado, es decir, que se trasladen las colmenas más lejos.
Por lo tocante a 1as enfermedades comunes, si se descubren las causas, se
encuentran los remedios con más facilidad.
Su
mayor, enfermedad se produce todos los años al principio de la primavera,
cuando empiezan a florecer las lechetreznas y los olmos echan su grana. Porque
atraídas por estas primeras flores como si fueran frutas tempranas, comen de
ellas con ansia después de haber pasado hambre en invierno; por otra parte, no
les haría mal si no se llenaran de ella, de la cual, en habiéndose atascado en
demasía, mueren de flujo de vientre si no se las socorre prontamente. Pues la
lechetrezna alarga el vientre aun de los animales mayores, y la grana del olmo
hace l mismo efecto, particularmente en las abejas. Ésta es 1a causa de que en
los países de Italia que hay esta especie de árboles. es raro que duren 1as
colmenas con bastantes abejas.
Por
consiguiente, si al principio de la primavera se les dan comidas medicinales, a
un mismo tiempo se podrá precaver que les moleste semejante enfermedad, y
cuando ya la padecen, curadas. Porque lo que ha dicho Higinio, siguiendo a los
autores antiguos, como yo no lo he experimentado por mi mismo, no me atrevo a
asegurarlo; sin embargo, los que quieran podrán ensayarlo. Higinio aconseja que
los cadáveres de las abejas que se encuentran a montones debajo de los
panales cuando les ha acometido semejante enfermedad pestilencial, se guarden en
un lugar cerca durante e1, invierno; y que cerca del equinoccio de la primavera
se saquen al sol después de la hora tercera del día, cuando lo templado del
tiempo convide a ello, y se cubran con ceniza de higuera. Hecho lo cual,
asegura que reanimadas al cabo de dos horas con este calor vivificante, las
abejas muertas recobran su espíritu y entran en una colmena que se les habrá
preparado a este efecto. ,
Nosotros
creemos que es mejor dar a los enjambres enfermos, para que no mueran, los
remedios que vamos a decir en seguida. Se les deben dar granos de granada molidos
y regados con vino amineo, o pasas molidas con una parte igual de zumaque, y
humedecido uno y otro con vino áspero; y si cada una de estas medicinas de por
sí no han hecho efecto, se muelen todas juntas en pesos iguales, se hierven en
un puchero con vino amíneo y después de haberse enfriado se les pone en
comederos de madera. Algunas personas les dan a beber aguamiel en que se haya
cocido romero, echándola después de haberse enfriado en unas tejas. Otros,
como asegura Higinio, les ponen junto a las colmenas orina de buey o de hombre.
También
es muy conocida una enfermedad que las debilita y las pone feas y encogidas, y
la señal de tenerla es cuando unas sacan frecuentemente de sus domicilios los
cadáveres de las que han muerto, y otras están dentro de ellos sin movimiento
en un triste silencio, como cuando hay un luto público. Cuando esto sucede se
les pone comida en comederos de caña, y ésta consiste principalmente en miel
cocida y molida con agalla o rosa seca. También conviene quemar gálbano,
para que con su olor se medicinen, y fortificar a las que están descaecidas con
vino de pasas o con arrope añejo. Sin embargo, lo que más les aprovecha es la
raíz de amelo, cuya flor es amarilla y purpúrea: ésta, después de haberla
hervido con vino amíneo añejo, se exprime, y en seguida se da este jugo
colado.
Higinio,
en el libro que escribió sobre las abejas, dice: “Aristómaco
es de opinión de que las abejas enfermas han de socorrerse de esta
manera: en primer lugar se quitarán todos los panales viciados, se les pondrá
comida nueva en seguida a las abejas, y por último se fumigarán.” También
cree que es útil a las abejas degeneradas agregarles un enjambre nuevo,
aunque hay el peligro de que se destruya con la discordia; ya que se han de
alegrar con la multitud que se les agrega, y que a fin de mantener la unión
entre unas y otras se quiten las reinas del enjambre que se traslada de otra
colmena ya que podría decirse que pertenecen a un pueblo extranjero. Con todo
eso no hay duda de que los panales y los enjambres muy poblados, que tienen
formadas las abejas, han de trasladarse y agregarse a los que han quedado con
menos para que éstas se fortifiquen con la adopción por decirlo así, de esta
nueva prole. Cuando esto se haga, ha de tenerse en cuenta no poner más panales
que aquellos en que las abejas nuevas abren sus celdillas, y roen la cera que
cubre las bocas de éstas, sacando por ellas la cabeza. Pues si se trasladan los
panales con las abejas sin acabar de formar, éstas morirán así que se les
deje de dar calor.
Muchas
veces también se mueren las abejas de la enfermedad que los griegos llaman
phagdasman o phagedena. Esta enfermedad proviene de que teniendo las abejas
la costumbre de hacer desde el principio tantos alvéolos como creen poder
llenar, sucede algunas veces que después de concluidas estas obras de cera, el
enjambre que se ha alejado mucho por ir a buscar miel se halle sorprendido en
los bosques por lluvias o huracanes imprevistos y pierda la mayor parte de su
pueblo. Cuando esto ocurre, las pocas abejas que restan no son suficientes para;
llenar los panales, y entonces las partes que quedan vacías se pudren, y
cundiendo la corrupción paulatinamente, la miel también se pudre y las
mismas abejas se mueren. Para que
esto no suceda se deben juntar dos enjambres que puedan llenar 1os panales que
estén todavía sanos, y si no hay proporción de otro enjambre, se han de
cortar con una herramienta muy afilada las partes de las panales que estén vacías,
antes de que se pudran. Es importante la perfección de esta herramienta, no
sea que si está muy embotada, la dificultad de penetrar haga que se dé un
golpe muy fuerte y que éste disloque los panales; lo cual, si sucede, hace que
las abejas abandonen su domicilio.
Hay otra causa de mortandad para las abejas, y es el haber en algunas años seguidos muchísimas flores, y dedicarse más bien ha hacer miel que a multiplicarse. Así, algunas personas que tienen poco conocimiento en estas cosas, se alegran con la mucha abundancia de fruto, ignorando la destrucción que amenaza a las abejas, porque no sólo mueren muchas fatigadas por e1 excesivo trabajo, sino que no reponiéndose por otras nuevas, las que quedan, por último vienen a perecer. Por lo cual, si entra una primavera en que los prados y campos labrados tengan flores en mucha abundancia, es utilísimo cerrar las piqueras de las colmenas de cada tres días uno, dejando unos agujeros pequeños por donde no puedan salir 1as abejas, a fin de que separadas de la fabricación de miel, por tener perdida la esperanza de poder proveer todos los alvéolos de este licor, los llenen de prole. Éstos son poco más o menos los remedios de que nos valemos para los enjambres que padecen alguna enfermedad.
Vamos
a tratar en seguida de aquel cuidado que para todo el año prescribe con tanto
acierto Higinio. Desde el primer equinoccio, que se verifica en el mes de marzo,
hacia el octavo día antes de las calendas de abril, cuando el sol se halla en
el octavo grado de Aries hasta que se dejan ver las Pléyades, hay cuarenta y
ocho días de primavera. Durante este tiempo, dice, hay que comenzar a
cuidarse de las abejas, abriendo las colmenas a fin de sacar todas las
inmundicias que se han juntado en el invierno, y después de haber quitado las
arañas que destruyen los panales, se introduce humo de boñiga de buey; pues
éste, por cierta afinidad que hay entre las dos especies, es muy conveniente
para las abejas. También han de matarse los gusanillos que llaman polillas, y
asimismo sus mariposas: animales dañinos que comúnmente se pegan a los
panales, los cuales se caen si mezclas con la boñiga de buey tuétano del mismo
animal, y quemando uno y otro introduces el humo en la colmena. Con este cuidado
se fortifican los enjambres en el tiempo que hemos dicho, y así se dedicarán
con más vigor a sus trabajos.
Lo
que principalmente debe observar el colmenero cuando deberá, andar en las
colmenas, es haberse abstenido el día anterior de los placeres sensuales, no
acercarse a ellas borracho ni sin haberse lavado, privarse de todos los
comestibles que echan olor fuerte, como los pescados y demás cosas saladas, así
como todos los jugos que destilan de las hediondas acrimonias del ajo o de las
cebollas, y de las demás cosas semejantes.
El
día cuarenta y ocho después del equinoccio de primavera, cuando se empiezan
a dejar ver las Pléyades, hacia el día quinto, antes de los idus de mayo,
los enjambres comienzan a aumentar sus fuerzas y el número de las abejas. En
los mismos días se destruyen los que tienen pocas y enfermas; y en este
tiempo se procrean en las extremidades de los panales, larvas de mayor tamaño
que las demás abejas, y algunas personas hacen juicio de que éstas son reinas;
pero no faltan autores griegos que los llaman oestros, porque atormentan a las
abejas y nos las dejan sosegar, por lo cual, previenen que se maten. Desde el
,nacimiento de las Pléyades hasta
el solsticio, que es a últimos de junio, hacia el tiempo en que el sol está en
el octavo grado de Cáncer, enjambran por lo común las colmenas; durante este
tiempo se deben guardar con más cuidado, no sea que huyan las crías nuevas.
Entonces, desde que se ha verificado el solsticio hasta el nacimiento de la
canícula, que son casi treinta días, se hace la cosecha de los panales
juntamente con la de las granos. Cómo deben recogerse aquellos, lo enseñaremos
en seguida, cuando tratemos del modo de sacar la miel.
En
cuanto a lo demás, Demócrito, Magón, y no menos Virgilío, han hecho correr
la especie de que en este tiempo se pueden procrear abejas matando un novillo.
Magón asegura que se puede hacer lo mismo con panzas de bueyes. Este método
pienso que es superfluo explicarlo con más detenimiento, y hago mío el parecer
de Celso, el cual dice muy prudentemente que la adquisición de estos insectos
no deben causar un perjuicio tal.
En
este tiempo y hasta el equinoccio de otoño han de abrirse y fumigarse las.
colmenas; lo cual, aunque es molesto a los enjambres, convienen todos en que
les es muy saludable. Luego que las abejas habrán sido perfumadas,
y se les habrá dado calor, convendrá refrescarlas regando las partes de
las colmenas que estén vacías con agua fría recién cogida, y aquellas que no
se hayan podido regar será bueno limpiarlas con plumas de águila o de cualquiera
otra ave grande, que tengan resistencia. Además de esto se barrerán las
polillas, si se dejaren ver, y se matarán sus mariposas, que metidas dentro
de las colmenas son la destrucción de las abejas, porque roen los panales, y
porque su estiércol engendra los gusanos que llamamos polillas de las colmenas.
Para examinarlas se hará en el tiempo en que las malvas echen flor, que es
cuando hay mayor número de ellas. Por la tarde, se pone dentro de las colmenas
una vasija de cobre semejante a un miliario, y en su fondo se pone alguna luz;
las mariposas acuden de todas partes, y revoloteando alrededor de la llama se
abrasan, por que causa de lo estrecho de la vasija no pueden salir volando con
facilidad hacia arriba, ni retirarse del fuego, pues se lo impiden sus paredes
de cobre; por lo cual se queman con el ardor del fuego que tienen inmediato.
Casi
cincuenta días después del nacimiento de la canícula llega el de Arturo;
entonces es cuando las abejas hacen les mieles de las flores del tomillo, del orégano
y de la mejorana silvestre. La miel que se considera de mejor calidad es la que
hacen en el equinoccio de otoño, que cae antes de las calendas de octubre,
cuando el sol toca al octavo grado de Libra. La segunda castra es después del
nacimiento de Arturo, que es cerca del equinoccio de Libra. En el tiempo que
media entre el nacimiento de la canícula y el de Arturo ha de tenerse cuidado
de que las abejas no sean sorprendidas por la violencia de los tábanos, que por
lo común están delante de la colmena acechando a las que salen. Desde el
equinoccio, que es hacia el día octavo antes de las calendas de octubre, hasta
el ocaso de las Pléyades, las abejas emplean cuarenta días en hacer su
repuesto de mieles que han recogido de las flores de taray y de la de los
arbustos silvestres para mantenerse en el invierno; de estas mieles no se les ha
de quitar nada absolutamente, no sea que fatigadas con las frecuentes injurias
que reciben huyan desesperadas. Desde el ocaso de las Pléyades hasta el
solsticio de invierno, que es el día octavo antes de las calendas de enero,
cuando el sol se halla en el grado octavo de Capricornio, los enjambres se
sirven de la miel que tienen de repuesto y se mantienen de ella hasta el
nacimiento de Arturo.
No
ignoro el modo de contar de Hiparco, que pretende que los solsticios y los
equinoccios se verifican, no cuando el sol está en el octavo grado de los
signos, sino cuando está en el primero. En este arreglo de los trabajos del
campo, yo sigo ahora los calendarios de Eudoxio, de Metón y de los astrónomos
antiguos que están adaptados a dos sacrificios públicos; porque esta opinión,
abrazada desde tiempos antiguos, es más conocida de los labradores, y asimismo
porque esta sutileza de Hiparco no es necesaria a la deficiente instrucción de
la gente del campo. Por lo cual, en cuanto comience el ocaso de las Pléyades
convendrá abrir inmediatamente las colmenas, limpiarlas de toda inmundicia y
cuidarlas con el mayor esmero, porque en el tiempo de invierno no es conveniente
moverlas ni abrirlas. Por lo tanto, mientras todavía queda algún tiempo de otoño,
después de haberlas limpiado en un día muy templado, han de meterse las
coberturas dentro de ellas hasta que lleguen a los panales, dejando fuera lo vacío,
para que así estando estrechas se calienten con más facilidad. Esto ha de
hacerse siempre aun en aquellas colmenas que están pobladas por un número
pequeño de abejas. En seguida untaremos por fuera con boñiga y barro amasados
todas las rendijas y agujeros que hubiere, sin dejar más aberturas que las
piqueras, por donde entren y salgan; y aunque las colmenas estén debajo de un
colgadizo, con todo eso las cubriremos con paja y hojas que se amontonarán
por encima de ellas, y en cuanto sea posible las resguardaremos con esto del
frío y de las tempestades.
Algunas
personas meten dentro de las colmenas aves muertas, después de haberles sacado
las tripas y las entrañas, las cuales, en tiempo de invierno, dan calor a las
abejas, que se ocultan entre sus plumas; al mismo tiempo que si han consumido
las provisiones se alimentan cómodamente cuando tienen hambre de suerte que no
les dejan más que los huesos. Pero si hay bastantes panales, permanecen sin
tocarlas, y aunque las abejas son tan amantes de la limpieza, estas aves muertas
no las ofenden con su olor. Sin embargo, nosotros opinamos que es mejor dar a
las que tienen hambre en unos comederitos, que se pondrán junto a las mismas
piqueras, higos secos machacados y remojados en agua, o bien arrope o vino de
pasas. En estos licores será conveniente empapar lana que esté limpia, para
que las abejas, poniéndose sobre ella, chupen estos jugos. También será bueno
darles pasas picadas y un poco rociadas con agua. Con esta clase de comida han
de mantenerse no solamente en el invierno, sino también en aquellos tiempos
-como ya he dicho- en que estarán en flor la lechetrezna y los olmos. En casi
cuarenta días, contados desde el solsticio de invierno, consumen toda la miel
que tienen de repuesto, a no ser que el colmenero se la haya dejado en mucha
abundancia. Muchas veces, después de haber desocupado los panales, se echan
junto a ellos, y están sin comer y adormecidas, a la manera de las serpientes,
hasta el nacimiento de Arturo, que es desde los idus de febrero, conservando la
vida con su reposo. Sin embargo, para que no la pierdan si sobreviniere un
hambre más larga, es muy bueno introducirles por la piquera licores dulces,
hasta que el nacimiento de Arturo y la llegada de las golondrinas anuncien
tiempos más favorables. Cuando éstos llegan, si lo despejado del día lo permite,
se atreven a salir a los pastos. En efecto, desde que ha llegado el equinoccio
de primavera ya andan sin detención por todas partes, cogen flores a propósito
para las crías y las llevan a las colmenas. Esto es lo que prescribe Higinio
para que se observe con exactitud en los diferentes tiempos del año.
Pero
Celso añade que, como en pocas partes hay la posibilidad de que se puedan dar a
las abejas unos pastos en primavera y otros en estío, en los parajes donde
pasada la primera estación faltan
flores a propósito para las abejas, no deben dejarse las colmenas, sino que
así que se hayan consumido estas flores, han de trasladarse a aquellos que
puedan mantener las abejas mejor con las flores tardías de tomillo, de orégano
y de mejorana silvestre. Esto es lo que hacen no sólo en Acaya, de donde las
trasladan a los pastos de le ática, en la Eubea, y en las islas Cicladas, en
donde las mudan a la de Siros, sino también en Sicilia, donde llevan al monte
Hibla las de las demás partes de la isla. Este mismo autor dice que la cera se
hace de las flores, y la miel del rocío de la mañana, y que una y otra toman
tanto mejor calidad cuanto más agradable es el material de que se ha hecho la
cera. Pero previene que antes de la mudanza se reconozcan con atención las
colmenas y que se saquen las panales viejos, los que tengan polillas y los que
estén poco asegurados, y que no se reserven sino pocos, y que ésos sean los
mejores, para que al mismo tiempo se hagan muchísimos de la flor mejor. Y sobre
todo que las colmenas que cualquier persona quiera trasladar a otra parte, no
las lleve sino de noche y sin agitarlas.
Después
de pasada la primavera viene en seguida, como he dicho, la recolección de la
miel, a la cual se dirige el trabajo de todo el año. Se conoce que es tiempo de
hacerla cuando se advierte que las abajas echan de la colmena y ahuyentan a
1os zánganos. Los cuales son una especie de insectos de mayor tamaño que las
abejas, y muy semejantes a ellas; y como dice Virgilio, es un ganado perezoso
que está junto a los panales sin industria, pues no sólo no proveen da
alimento, sino que consumen el que han traído las abejas. Sin embargo, parece
que estos zánganos contribuyen en algo a la procreación, incubando los
huevos de que se forman las abejas. Por lo cual los admiten, con más
familiaridad para que fomenten y críen la nueva prole. Paro después de sacadas
las larvas, los echan fuera de las colmenas, y, como dice el mismo poeta, los
alejan de los pesebres. Algunos autores previenen que es conveniente
exterminarlos del todo; lo cual, conformándome yo con Magón, opino que no
debe hacerse, sino que ha de moderarse este rigor, pues no ha de hacerse una
matanza universal de ellos, no sea que las abejas se vuelvan perezosas, ya que
cuando los zánganos les comen alguna parte de sus provisiones, se hacen más
ágiles reparando sus daños. Por el contrario, no ha de permitirse que tome
cuerpo esta multitud de ladrones, para que no devasten todas estas riquezas
que no son suyas.
Por
consiguiente, cuando vieres que se arman muy a menudo peleas entre los zánganos
y las abejas, abrirás las colmenas y las registrarás, para que si los panales
están medio llenos se difiera la castra, y si están llenos y cubiertos de
cera por encima. de los alvéolos, se haga. Para llevar a cabo esta operación
ha de elegirse comúnmente la mañana; pues conviene irritar en medio del calor
a las abejas que ya están exasperadas. Para este efecto son menester dos
herramientas de pie y medio de largo, o un poco más, una de las cuales será un
cuchillo largo de dos filos que tenga en la punta un tranchete corvo para poder
cortar mejor los panales; la otra es plana por un lado y muy afilada, y con ella
se saca toda la porquería que hubiere caído. Cuando la colmena estuviere
abierta por la parte posterior en que no hay ningún vestíbulo se introducirá
humo de gálbano o de boñiga seca. Esto se echa hecho ascuas en una vasija de
barro. Esta vasija debe tener asas y figura de olla estrecha, de suerte que por
una parte sea más delgada y tenga un agujero mediano por donde salga el humo, y
por la otra sea más ancha con una boca bien abierta,. por la cual se puede
soplar: La boca estrecha se introducirá en la colmena, y soplando por el otro
lado se hace llegar el humo a las abejas, las cuales, no pudiendo soportar este
olor, se pasan a la parte anterior de la colmena inmediatamente, y alguna vez
salen de ella. Cuando hay proporción de registrarla con más libertad, si hay
dos enjambres, por lo común se encuentran dos especies de panales, los cuales,
aunque estén en paz, cada uno guarda su costumbre para arreglar y dar figura a
sus ceras.
Todos
los panales están siempre suspendidos en la parte superior de las colmenas y
ligeramente adheridos a las paredes, de suerte que no lleguen al suelo, porque
esto da paso a los enjambres. Por otra parte, la forma de los panales esta
modelada por la de las colmenas, pues sus capacidades, ya sean cuadradas, ya
redondas o largas, dan a aquellos sus figuras como una especie de molde; por
esto los pana1es no se tienen siempre de una misma forma. Pero éstos, sean como
sean, no se sacarán todos; pues en la primera castra, cuando todavía abunda la
comida en los campos, ha de dejarse la quinta parte; en la segunda, cuando ya se
Está temiendo que llegue el invierno, se dejará la tercera. Sin embargo, está
proporción no es fija en todos los países, pues ha de proveerse a la
subsistencia de las abejas en cada uno según sea el número de flores y la
abundancia de comida. Si las ceras suspendidas a la colmena están alargadas
perpendicularmente, han de cortarse los panales con la herramienta parecida a
un cuchillo, procurando recibirlos en los brazos, que se pondrán debajo, y de
esta manera se han de sacar. Mas si los panales están adheridos horizontalmente
a lo alto de la colmena, entonces se necesita una herramienta con la punta
encorvada, para que se corten apretándolos con ésta. Se deben sacar los viejos
o defectuosos, y dejar sobre todo los sanos y llenos de miel, y los que tengan
huevos, a fin de que se reserven para la reproducción de un enjambre. A
continuación todos los panales que se hubieren sacado han de llevarse al sitio
en que quieras sacar la miel, y han de taparse los agujeros de las paredes y de
las ventanas, para que las abejas no puedan entrar en él por parte alguna,
porque se obstinan en buscar sus riquezas que han perdido, y en encontrándolas,
las consumen. Para evitarlo, ha de hacerse humo con los referidos materiales en
la entrada de aquel sitio, para que eche de allí a las que intenten entrar. Los
panales que estén atravesados en la entrada de las colmenas castradas han de
volverse para que las partes posteriores sirvan a su vez de entradas; pues de
esta suerte en la próxima castra se sacarán más bien los panales antiguos que
los nuevos, y se renovarán las ceras, que son tanto peores cuanto más
antiguas.
Si
por casualidad las colmenas estuvieran revestidas de fábrica, y por lo tanto
fueren inmobles, tendremos cuidado de que se castren unas veces por la parte
posterior y otras por la anterior. Esto deberá hacerse antes de la hora quinta
del día, después repetirlo pasada la nona, o al día siguiente. Mas sean
cuantos fueren las panales que se han recogido, conviene extraer de ellos la
miel el mismo día de la castra. Mientras están calientes, se cuelga en un
sitio oscuro un cesto de sauce, o una manga de mimbre menuda de tejido claro,
parecida a un cono inverso, como el que sirve para colar vino; en seguida se
echan en ella los panales hechos pedazos; pero se ha de tener cuidado de separar
aquellas partes de ellos que tengan larvas o inmundicias rojas, pues son de mal
gusto y con su jugo echan a perder la miel. Luego que la que se ha colado ha caído
en un lebrillo que se habrá puesto debajo, se muda a vasijas de barro, que
estarán destapadas hasta que deje de hervir la miel nueva, la cual ha de
limpiarse a menudo con una espumadera. Después se exprimen con las manos los
fragmentos de los panales. que han quedado en la manga; pero la miel que dan es
de segunda calidad, la cual los más curiosos la guardan aparte, no sea que la
que es de un gusto excelente se deteriore mezclándole ésta.
De
La cera
El
fruto de la cera, aunque de poco valor, no ha de pasarse en silencio, siendo su
uso necesario para muchas cosas. Los restos de los panales, así que se han exprimido
y se han lavado bien en agua dulce, se ponen en una caldera de cobre, y echándoles
agua por encima se derriten al fuego. Luego que esto se ha hecho, se derrama la
cera sobre paja o juncos, y se cuela; se cuece de nuevo como la primera vez, y
se echa a los moldes que se tienen a efecto, llenándolos antes de agua; en
estando cuajada es fácil sacar la cera, porque el agua que hay debajo impide
que se pegue a los moldes.