GACETA
DEL COLMENAR Tomo XXXIV
Nº387 Julio 1.972
LOS ANTIBIÓTICOS EN APICULTURA
(Comentarios
al artículo de Charles Mraz de G. del C. Nº 380, de Diciembre de 1971)
Por JACINTO NAVEIRO, Apicultor
25 de Mayo, Prov. Bs. As.
El fanatismo siempre presente en el quehacer del hombre, no podía faltar en el ejer-
cicio de la Apicultura. Esta reflexión viene a mí, al leer el artículo del distinguido apicultor estadounidense, Charles Mraz, al cual hago estos comentarios que pongo a
consideración
de los lectores de Gaceta del Colmenar.
Así como algunos apicultores solemos ser fanáticos de la raza, los
medicamentos, las distintas técnicas en el manejo del colmenar etc., el señor
Charle Mraz es fanático del NO uso de drogas
en el tratamiento de las enfermedades de las abejas, abogando por el
control de dichas enfermedades por medio de la selección de líneas o
cepas resistentes.
Apurémonos a decir que la idea preconizada por el señor Mraz,
goza de todas nuestras simpatías, solo que un programa de selección para fijar
líneas de abejas resistentes a una enfermedad como la “loque europea”, por
ejemplo, lo consideramos fuera del alcance, no solo del apicultor corriente o
criador de reinas, sinó también de grandes empresas de apicultura. Un programa
de tal magnitud en tiempo y dinero, hoy por hoy, únicamente puede ser encarado
por organismos de investigación dependientes des Estado o por institutos
subvencionados por Fundaciones como las que hay varias en EE. UU. Tómese como
dato muy ilustrativo al respecto, el hecho de que el señor Mraz facilitó a
Frank Pellet, cepas de abejas resistentes en el año 1954 para un programa de
selección que aún está en marcha después de dieciocho años de trabajo.
Por otra parte, el problema se agrava si tomamos en cuenta las
afirmaciones del artículo comentado, de que en dos o tres generaciones, una línea
de abejas resistentes puede volverse altamente susceptible a las enfermedades.
Esta afirmación no deberían dejar de aprovecharla como excusa los vendedores
de abejas de “líneas resistentes”.
Otro fanatismo que le anotamos al señor Mraz es el de la anti-consanguinidad.
Los apareamientos consanguíneos, son, según su opinión, los culpables de
todos los problemas sanitarios de las abejas, amén de otras deficiencias.
Si a mí se me pidiera opinión sobre
una cosa difícil en la crianza natural de abejas, contestaría sin titubear:
obtener consanguinidad. Conversando con un distinguido genetista en abejas, no
decía que donde haya unas 300 colonias en el radio de vuelo de los zánganos,
es casi imposible tener una buena consanguinidad capaz de debilitar una línea
de abejas. ¿Qué diremos entonces de las zonas apícolas, donde en ese radio
hay, miles de colonias? Por otro lado, no debemos olvidar que en ciertos valles
cerrados en las montañas de Europa, hace millares de años que la Naturaleza cría
abejas en estado silvestre con pleno éxito, sin haber tenido en cuenta los
problemas del “imbreeding”.
Otro argumento en contra de la peligrosidad de la consanguinidad, tal
como puede darse en la reproducción de abejas en estado natural, lo da el hecho
de que las pocas colonias traídas a este país por los colonizadores hace
centenas de años, se han reproducido conservando su nervio, vigor, bravura y
demás características inherentes a su raza.
Además, en el artículo que me ocupa, hay una contradicción, y es que
mientras por un lado dice que la consanguinidad solo puede conseguirse mediante
aislamiento o por medio de la fecundación artificial (ninguno de los dos métodos
tenemos conocimiento que se practique, salvo en escala experimental) a renglón
seguido anota: “si los apicultores insisten en la consaguinidad el precio que
ha de pagarse es caro”.
No estoy discutiendo a favor de la consanguinidad en la cría de abejas;
solo digo que la mayor parte de los inconvenientes que se le atribuyen, no le
pertenecen, porque tal grado de “imbreeding” no existe en la apicultura, por
lo menos en nuestro país, por los motivos que hemos visto, y porque la inmensa
mayoría de los apicultores, si en algo ponen cuidado, es en introducir de
cuando en cuando sangre nueva en sus apiarios.
Volvamos ahora al uso de drogas en la lucha contra las enfermedades de
las abejas.
Siguiendo con mi inveterada costumbre de escribir sobre lo que aprendo en
mi práctica de la apicultura, quiero dejar aclarado que al hablar de las
enfermedades de las abejas, en este caso me estoy refiriendo a una de ellas;
“loque europea”, la más grave y seria que padecemos en la Argentina, y que
actúa en forma más solapada y traicionera, pero al mismo tiempo es la más
completamente controlada - no erradicada- por medio del uso de antibióticos.
Estoy completamente de acuerdo con el señor Mraz en que el control ideal
de toda enfermedad, tanto en las abejas como en cualquier especie del reino
vegetal o animal, sería por medio del desarrollo de resistencia a los agentes
que lo provocan, y aunque conseguir tal resistencia llevaría un largo período
de años, no debemos dejar de trabajar hasta llegar a este resultado, ya que una
vez logrado es casi seguro que será duradero.
Por otra parte, auque hoy el uso de los antibióticos da un resultado a
todas luces efectivo, no sabemos hasta cuando será así, a medida que los
organismo que provocan la enfermedad vayan adquiriendo SU resistencia; o,
tomando en cuenta la objeción más seria que se hace al uso de
antibióticos, que es la de terminar con las defensas naturales de todo
organismo - el de las abejas incluso- tiene contra sus enfermedades específicas.
Pero hasta tanto aquellas líneas de abejas resistentes a las enfermedades, que todos los apicultores ansiamos, estén a nuestra disposición no solo en la propaganda, no tenemos otro remedo que recurrir a los antibióticos, si es que queremos mantener la producción de miel a un nivel que nos permita vivir de la Apicultura.
Es un hecho incontrastable que la Naturaleza hace millones de años -30 o quizás más- mantiene victoriosa a la especie de las abejas sobre el planeta. Con tan larga práctica en el oficio, sería pecar de vanidosos pretender enseñarle como se hace eso. Pero hay algunas diferencias fundamentales entre lo que exige de sus hijas en su concierto maravillosos y lo que nosotros como apicultores pretendemos.
De ahí que la relativa resistencia de las abejas hacia sus enfermedades sea más que suficientes para mantener la supervivencia de la especie y, además, le permita cumplir con extraordinaria eficacia el principal rol que le ha sido asignado: la polinización de innumerables especies vegetales. En cambio ese grado de resistencia no alcanza para que el apicultor pueda disponer de grandes cosechas de miel que le permitan vivir con las “comodidades” de la época -a las que tiene derecho-, casa confortable, automóvil, televisión, heladera vacaciones con paseos, además de pagar impuestos etc. Para obtener estas cosechas -cada vez más escasas- tiene que organizar “su” apicultura en forma que en algunos puntos contradice lasa reglas de la especie, y echar mano a recursos que a la corta o a la larga se volverán contra sus intereses.
En estado natural nunca se encuentra millares de colonias en un radio de pocos kilómetros, y menos doscientas o trescientas en espacios tan reducidos como el que ocupa un colmenar corriente. Esta situación debe ser considerada completamente antinatural, pero por motivos obvios es la única que conviene a una apicultura organizada.
Parece cierto que la naturaleza - como apunta el señor Marz - detesta los apareamientos consanguíneos, pero de lo que no hay ninguna duda que detesta, son las grandes aglomeraciones de colmenas, ya que en estado natural no se han visto en ninguna parte. Y no sería raro que fuera ésta una de las causas de la virulencia de las enfermedades en las abejas “cultivadas”, ocurre siempre cuando se intensifica la cría de animales o cultivos de plantas de cualquier especie.
La Naturaleza ve en estas aglomeraciones de colonias en zonas
proporcionalmente chicas, como la expansión desmedida de una especie, que irá
seguramente en desmedro de otras. Para conjugar esta situación “inventó”
las enfermedades, que no son otra cosa que consecuencia de la buena salud de
los organismos patógenos que las aprovechan. Estos a su vez
también tienen SUS enfermedades, que les impiden exterminar a la
especie que les sirve de huésped.
Tampoco es natural que una colonia de abejas produzca un sobrante de cien
o más kilos de miel en temporada, que si bien es cierto que tan alto
rendimiento en parte se debe a las facilidades que el apicultor le presta a su
intervención, además de proveerle una colmena “racional”, no es menos
cierto que para lograr tal cosecha, la colonia debe criar una supere abundante
cantidad de larvas que le demandan un esfuerzo agotador, con el siguiente
posible debilitamiento posterior de la familia.
Antes de terminar este comentario quiero dejar bien aclarada mi posición
con respecto al uso de los antibióticos para combatir enfermedades de las
abejas, entre nosotros, por ahora, solamente la “loque europea”.
Dos
palabras sobre ella.
Esta es una enfermedad que no sabemos desde cuando está en el país.
Hace unos quince años se nos hizo presente en forma por demás virulenta. Actúa
al parecer, independientemente del estado de la colonia, de la época del año
-siempre que haya cría- y de la entrada de néctar, según lo que el apicultor
puede apreciar. Por eso dije al principio que es una enfermedad
“traicionera”. Colonias muy fuertes, en pleno trabajo, en un momento
empiezan a decaer, y cuando el apicultor lo nota y va a ver qué pasa, no es
raro que se encuentre con fuertes ataques de “loque”. Como es una enfermedad
“sin época”, si el ataque sobreviene de mediados de diciembre a enero, en
esta zona, podemos estar seguros de haber perdido la cosecha de miel en las
colonias atacadas.
Es difícil, que si aparece un brote de loque, se circunscriba a una que
otra colonia. Por lo general toma una buena parte del apiario, y a veces casi
todo con distintos grados de fuerza.
Como es sabido que los antibióticos no poseen acción preventiva contra
las enfermedades, no es razonable empezar a curar “a lo loco” desde que
empieza a haber cría, como hacen algunos. Esta forma de obrar, no es hacer uso,
sino abuso de la droga, y esto puede traer complicaciones imprevisibles. Pero si
aparece un brote de loque en el colmenar, en otro apiario de la zona, sí, es
necesario obrar con celeridad administrando tres dosis de un antibiótico con un
intervalo de cinco a seis días entre cada cura. Hacerlo en el, o los apiarios
de la zona, ya que como dijimos, estos brotes difícilmente se presentan
aislados.
¡Treinta millones de años! Precisó la naturaleza para criar abejas en forma que lo hace. Ella obra despacio porque su tiempo es barato. El tiempo nuestro es carísimo. Seamos optimistas y esperemos tener nuestra abeja ideal, en menos tiempo que nuestra madre Naturaleza. Mientras tanto, por ahora al menos, si queremos seguir viviendo de lo que produzcan las abejas, no tenemos otro recurso que los antibióticos para combatir algunas de sus enfermedades.